Debido a que el pirógrafo no tiene regulador de potencia ni una gran precisión a la hora de quemar, debía evitar todos los fallos humanos posibles, por lo que estuve bastante tiempo practicando con todas las puntas de las que disponía en un trozo de madera sobrante de la viga.
Además las puntas se fueron deteriorando con el tiempo, y cada vez grababan peor, por lo que tenía que volver a esta madera para cogerle de nuevo el tacto.
A este cacho de madera, lo acabé llamando la tabla de pruebas. Cualquier cosa que fuese a probar lo hacía previamente en ella.
Gracias a ella cogí un gran manejo con las puntas y cual debía utilizar en cada momento.
Este es mi homenaje hacia la "tabla de pruebas".
