A la hora de comer (la hora en la que sabía que tú, novia mía, no me ibas a llamar ni a reclamar), cogí el coche y durante una hora me dediqué a buscar los matorrales más frondosos posibles. Da la casualidad que los matorrales más hermosos solo crecen al lado de la carretera.
Armado con mi coche, unas bolsas de plástico (que luego no utilizaría) unas tijeras grandes y muchos cordones de zapato me dispuse a abordar la primera planta grande que ví. La idea era:
- Atarlo fuertemente con el cordon
- Cortar poco a poco hasta separarlo completamente del suelo
- Meterlo en el coche y escabullirme antes de que alguien sospechara.
Después de esto, me dediqué a recoger hierba dentro del olivar y a asustarme con cualquier cosa que me rozase, incluyendo mi trenza.
Cuando decidí que tenía suficientes fajos como para hacer dos escobas (porque seguro que pasaba algo y se me estropeaba el primer mocho) me fuí a casa y las guardé en el balcón.
Sara: seguramente los habrás visto, pero conociéndote, tu cerebro lo habrá obviado.


